Una herencia que sigue viva

En Yucatán, la herencia no se archiva: se practica, se transforma y permanece en las manos de quienes pintan, tejen y trabajan con los materiales de la península. Entre tradiciones mayas, influencias españolas y nuevas formas de creación, técnicas con siglos de historia encuentran otros lenguajes sin perder aquello que las hace propias.

Rodolfo Baeza encuentra en la piel una forma de hablar sobre el tiempo. En su más reciente serie, “Cortezas”, los rostros aparecen lejos del retrato convencional: la acuarela se escurre, el pigmento se adelgaza y los bordes se pierden, como si la imagen estuviera recordando en lugar de mostrar. La idea parte de una semejanza sencilla: la piel envejece como la corteza de un árbol, acumulando todo lo que el tiempo ha pasado por ahí. Lo que Baeza logra no es que se explique, sino que se sienta: un archivo vivo que llega hasta ese límite en el que sólo queda preguntarse ¿ahora qué?

Sofía Alonzo convierte las huellas en una forma de permanencia. Desde la fotografía experimental y los procesos análogos, encontró en la cianotipia un lenguaje que registra el contacto directo entre el objeto y la superficie y que no admite correcciones posteriores. Cada huella en azul prusiano es permanente, mientras las variaciones de tono, las marcas del agua y el desgaste del soporte forman parte de la obra. Gestos, rastros y vestigios que revelan todo lo que el tiempo dejó inscrito en el cuerpo.

Fotografía: Dana Polett.
Fotografía: Dana Polett.

La filigrana conserva su historia a través de un hilo casi invisible. Hilos de oro o plata tan finos que apenas se ven se doblan, enrollan y sueldan a mano durante días hasta formar flores, cruces, gotas o animales. La técnica llegó desde España durante la época colonial y con el tiempo encontró aquí una identidad propia, más tupida y liviana, con un acabado que la distingue de otras filigranas del país. El rosario yucateco, que cae casi hasta la cintura, se convirtió en su pieza más emblemática, complementando durante siglos el terno y el hipil como señal de identidad. Hoy, las mujeres jóvenes continúan usándolo en versiones más contemporáneas, pero con el mismo hilo de siempre.

La hamaca lleva esa misma memoria al espacio cotidiano. Más que un mueble, es costumbre: los yucatecos crecen entre sus hilos, toman la siesta en ella y hay casas donde nunca ha faltado una. Detrás de cada pieza hay un oficio que exige tiempo y precisión: artesanas y artesanos urden de pie hasta cinco horas diarias durante dos semanas, y si hay un error en el patrón, todo se deshace para comenzar de nuevo. Una tradición que lleva siglos perfeccionándose y que llegó desde las Antillas, donde los conquistadores encontraron las primeras hamacas tejidas con filamentos de corteza de árbol y las bautizaron con su nombre haitiano: hamac, que significa árbol. De ahí llegó y nunca se fue.

La jícara, por su parte, conserva la memoria desde el propio árbol. Antes de ser cuenco, es fruto; antes de ser artesanía, es uno de ramas largas y delgadas que puede crecer hasta 14 metros y que desde tiempos precolombinos ofrece uno de los objetos más persistentes de la cultura mesoamericana. Su nombre viene del náhuatl xicalli, recipiente de ombligo, y su transformación sigue un proceso tan antiguo como su uso: se cosecha verde, se parte por la mitad, se extrae la pulpa, se cuece en agua con cal y se deja secar al sol. El resultado es una pieza liviana y resistente, lista para recibir chocolate, pozol, pulque o los motivos que un artesano grabe en su superficie.

Pero la jícara es más que un utensilio. Aparece en el ch’a cháak, la ceremonia maya para pedir lluvia antes de la siembra, y en los altares del janal pixán. Un objeto que sirve, que celebra y que recuerda. Siglos después, sigue en la mesa.

Entre piel, hilos, fibras y frutos, la herencia de Yucatán encuentra distintas maneras de permanecer. Algunas se transforman, otras conservan casi intacta su forma, pero todas siguen hablando de una memoria que no se guarda: se hace con las manos.

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