Usar sus emociones para crear es -para él- casi un gesto natural. Originario de Yucatán, su práctica va de la pintura a la intervención de piezas familiares, tejiendo un diálogo entre el arte y la vida diaria.
Su personaje “Diablo” nació durante la pandemia, etapa en la que decidió dedicarse profesionalmente a la pintura. Más que un personaje, se convirtió en un alter ego que le ha permitido exteriorizar emociones, miedos y pensamientos que permanecen en silencio; una representación de “todo aquello que no dice”.
Con un lenguaje visual que transita entre el neoexpresionismo y la cultura urbana contemporánea, sus piezas están pobladas de símbolos, palabras y rostros fragmentados que remiten a la anatomía humana. A través de una estética atrevida y espontánea, su obra explora la tensión entre la razón y la emoción, construyendo narrativas que conectan con experiencias profundamente humanas, entre las que se puede mencionar la identidad, el aprendizaje autodidacta y el caos de la vida actual. Cada trazo funciona como un registro personal y directo.
En los últimos años, ha consolidado su trayectoria con piezas en galerías de Mérida y colecciones privadas en México y Estados Unidos. Este 2026 llevó su trabajo a Tribeca, Nueva York, fortaleciendo la proyección internacional de su propuesta artística.





