Entre técnicas tradicionales y una mirada contemporánea del motivo textil, la práctica de Mara Nicolle Bracho se construye desde el cruce de culturas y materiales. Formada en arte textil y estampación en la École Duperré y en diseño textil en la Escola Massana, ha desarrollado una relación profunda con la materia, el color y la estructura del tejido. Sus primeras exploraciones con rafia en telar de cintura en el Congo, así como el trabajo con talleres especializados, afinaron un lenguaje donde lo artesanal y lo refinado conviven sin jerarquías.
Hoy, desde México, amplía esa investigación a través de proyectos que convierten el oficio en forma. Además de liderar la dirección creativa de Mint&Lime, cofundó en París Rose, pour les garçons, marca donde el humor, el motivo y el algodón orgánico marcaron un universo visual propio. En 2024, inició una colección de luminarias de palma tejidas a mano junto a artesanas otomíes, y que fue presentada en Inédito 2024 con presencia en Madrid y Barcelona. Su obra insiste en lo mismo: tender puentes entre tradición y contemporaneidad a través de distintas geografías.
¿Qué fue lo que dio inicio a tu necesidad de crear?
Crecí en un ambiente creativo y estimulante. Mi madre, artista y titiritera, hacía sus títeres a mano con materiales reciclados, y esa sensibilidad hacia la materia y el hacer estuvo siempre presente. Mi padre, matemático, desarrolló una pasión por el cine y la fotografía; yo también la hice mía y sigo cultivándola. A través de la cámara capto colores, texturas y momentos: una manera personal de mirar el mundo.
Entre Venezuela y Francia se formó mi sensibilidad. Venezuela me regaló su luz, su colorido y sus tradiciones artesanales; Francia, una cultura de artes decorativas donde la belleza puede ser audaz o elegante, además de herramientas y técnicas para crear. Justo antes de comenzar mis estudios de artes aplicadas y diseño textil en París, vivimos una temporada en México. Me impactó la potencia del color, el mestizaje entre influencias coloniales y cultura prehispánica; los textiles, las fachadas. Desde entonces, México sigue siendo una fuente inagotable. Y, desde pequeña, el color me acompaña como una obsesión: es lo primero que percibo y la forma en la que habito el mundo.
¿Cuál fue el primer proyecto que te hizo sentir verdaderamente orgullosa?
Me siento muy orgullosa del proyecto que inicié en 2024: una colección de luminarias tejidas a mano en palma llamada nthähi, desarrolladas en colaboración con la familia Molina, artesanas otomíes del Estado de México. Su nombre significa “lazo” en otomí: el lazo del tejido, pero sobre todo el vínculo entre personas; lo que construimos juntas. Tenía desde hacía años el deseo de volver a la materia, al gesto y a los procesos manuales. Quería trabajar en volumen, llevar los patrones del textil a tres dimensiones, explorar fibras más gruesas y sentir la textura. También quería colaborar con artesanas y acercarme a ese mundo que admiro.
El proyecto nació de un diálogo real, donde sus conocimientos y mi visión del color, la forma y la composición se enriquecieron mutuamente. Me interesaba trabajar ritmos, contrastes de escala y yuxtaposiciones, reinterpretando motivos tradicionales desde la simplificación y el volumen. Las piezas se construyen a partir de módulos que se combinan y apilan, formando tótems y juegos gráficos inesperados; al iluminarse, revelan otra versión de sí mismas. Lo que más me enorgullece es el proceso: verlas nacer desde el hacer juntas y entender que, más allá del objeto, son encuentros entre mundos, materiales y personas.
¿Qué emoción o sensación buscas transmitir a través de tu trabajo?
Busco transmitir una belleza que nace del color, la materia y el gesto, y que deja ver el proceso: el tiempo, la destreza y la mano que la hizo posible. Me interesa lo hecho a mano porque introduce variaciones sutiles e irregularidades que forman parte de su carácter. En esa diferencia aparece algo profundamente humano, y también todo lo que esas técnicas contienen historia, enseñanza y tradiciones que se transmiten con el tiempo.
Esa belleza surge, además, de un juego de tensiones: llevar técnicas tradicionales hacia una simplificación formal y, al mismo tiempo, hacer emerger la sofisticación a través de la precisión y de materiales que suelen percibirse como más rústicos. El trabajo con las artesanas otomíes me permitió profundizar en esta manera de entender el hacer, donde el proceso compartido ajusta las piezas entre el control y lo imprevisto. La emoción está ahí: en la presencia del gesto, en la atención al detalle y en el encuentro entre materia, tiempo y saberes.
Si no te dedicaras a lo que haces hoy, ¿a qué te habría gustado dedicarte?
Me cuesta imaginarme dedicada a otra cosa que no sea crear; es algo que vivo en lo cotidiano y que me apasiona profundamente. Pero si tuviera que elegir, siempre he pensado que me habría gustado estar vinculada al mundo de la aviación.
Me fascina la dimensión humana que encierra: cada vuelo conecta personas, historias y destinos distintos. Creo que, en el fondo, comparto esa vocación de apertura, la curiosidad por lo que existe más allá de lo conocido y el deseo de que esos encuentros nos enriquezcan.
Imaginando que eres una silla, ¿qué diseño te representaría mejor y por qué?
Me identifico con la icónica silla Acapulco. Me interesa su trenzado hecho a mano, esa construcción a partir de cordones flexibles tensados que forman una estructura ligera y envolvente sobre una base de acero, con una ergonomía muy natural.
A partir de materiales sencillos, logra un equilibrio acertado entre confort y estética, y permite variaciones de color y ritmo. También me atrae su vínculo con los años 50s y 60s, ese glamour relajado y una estética tropical con la que conecto. El tejido remite al gesto manual, al tiempo y al saber hacer; sus curvas acompañan el cuerpo casi como un abrazo.
Si pudieras encargarle una pieza a cualquier creador (no importa la época), ¿a quién sería y qué le pedirías?
Le encargaría una pieza al artista cinético venezolano Jesús Soto: una serie de estructuras tridimensionales orgánicas formadas a partir de líneas, como tejidos en el espacio, donde el trazo se transforme en volumen y vibración.
Me interesa cómo, en su obra, la línea deja de ser solo dibujo para convertirse en experiencia física, en ritmo y movimiento, y cómo la forma cambia según el desplazamiento del cuerpo y la mirada. Le pediría llevar esa exploración hacia piezas más envolventes, donde la línea construya espacio y el vacío se perciba como un tejido en transformación.
Fotografía: David Molero Saura, Ana Neri, Tobías Videla, Mariana Achach y Mara Nicolle Bracho.





