Diseñadora argentina radicada en México, Natalia trabaja el textil como un lenguaje de color, proporción y ritmo visual.
Busco generar una experiencia
de contemplación y reflexión,
poniendo en valor los tiempos
prolongados y cuidados de
procesos como el telar de cintura
o el bordado, donde cada gesto
y cada repetición construyen la
obra lentamente.
-Natalia Tannenbaum
Su formación en creación textil en París y su paso por Hermès, dentro del desarrollo de telas para prêt-à-porter masculino, consolidaron una mirada precisa: el rayado como estructura, y el contraste como tensión que activa la superficie. En México, su práctica se expande desde el diálogo con oficios y saberes locales.
A través de proyectos colaborativos como Chij y KOK, investiga cómo el tejido y el bordado sostienen memoria, tiempo y comunidad, con una perspectiva plural y femenina. Hoy vive en Mérida, Yucatán, donde desarrolla piezas e investigaciones textiles ligadas al territorio, con una noción de lujo basada en el cuidado, la paciencia y el proceso.
¿Qué fue lo que motivó tu necesidad de crear?
Me dedico al diseño y a la creación de textiles, mi relación con las superficies comenzó desde niña. Pasaba horas observando el papel tapiz de mi cuarto, siguiendo patrones, repeticiones y variaciones: ahí entendí por primera vez el ritmo visual y la estructura. También dibujaba con las manos sobre los terciopelos de los sofás, cambiando la dirección del pelo para crear formas temporales. Ese gesto me reveló que un material puede transformarse con muy poco, y que el color y la textura no son estáticos, sino que están en movimiento constante.
¿Cuál fue el primer proyecto que te hizo sentir verdaderamente orgullosa?
Estoy muy orgullosa de haber presentado una colección de cojines de piso junto con Alratito Studio en el proyecto Nepantla, en la hacienda San Juan de Angela Damman, durante Way, la Semana del Arte en Yucatán. Este proyecto fue especialmente significativo porque me permitió trabajar con rayados en telar de cintura y profundizar en el color como ingrediente principal dentro de un objeto utilitario, conectando tradición, artesanía y diseño contemporáneo.
Otro proyecto interesante fue La Fibra en Común, una exposición en AGO Projects (Ciudad de México) que reunió distintas prácticas textiles contemporáneas. Participé con piezas coleccionables de tejido y bordado, centradas en la repetición, la unión de fragmentos y la construcción de superficies modulares. El color, el ritmo y la estructura articularon estas obras, que ponen en primer plano el trabajo manual y al textil como lenguaje narrativo y sensible.
¿Cuál es el color que nunca te falla y por qué lo sientes tan tuyo?
Mi relación con el color tiene mucho de obsesión. He estudiado durante años la teoría del color, especialmente a través de Johannes Itten y Josef Albers, que me dieron una base sólida para entender cómo se construyen las gamas de color. A esta formación se suma mi experiencia en París como colorista para marcas de moda y las lecturas de Michel Pastoureau, que me ayudaron a pensar el color como una construcción cultural, simbólica e histórica. En los últimos años amplié ese estudio hacia la cultura mexicana y latinoamericana, donde el color se liga más al territorio y a los rituales. Lo que más me interesa es el contraste simultáneo: cómo un color puede transformarse por completo según el color que tenga al lado. Durante mis últimos años en Francia trabajé en Hermès como encargada del desarrollo de telas de camisa para el prêt-à-porter masculino, y pasé años dibujando rayados, explorando variaciones, ritmos y tensiones cromáticas como un campo de investigación continuo.
¿Qué emoción o sensación buscas transmitir a través de tu trabajo?
Busco generar una experiencia de contemplación y reflexión, poniendo en valor los tiempos prolongados y cuidados de procesos como el telar de cintura o el bordado, donde cada gesto y cada repetición construyen la obra lentamente. Me interesa que el espectador pueda detenerse y mirar con atención, reconociendo el trabajo humano detrás de cada pieza. El color me sirve como lenguaje: me fascina observar cómo un mismo tono cambia según lo que lo rodea. Los rayados me permiten explorar esas relaciones y construir superficies donde el color se activa, dialoga y deja ver el ritmo de repetición y pausa del tejido.
¿Qué lugar o ciudad sientes que se parece más a tu forma de crear?
Mérida ha sido una ciudad que me permitió potenciar y expandir mi trabajo creativo. Desde que llegué hace casi siete años, he tenido la oportunidad de colaborar con artesanos de Yucatán, Chiapas y Puebla. No sé si es la naturaleza, los colores o el ritmo particular de la ciudad, pero aquí encontré un entorno para crear con libertad y sensibilidad. Con el tiempo, he podido experimentar y combinar tradiciones locales con mis intereses en el color, los rayados y los contrastes simultáneos, desarrollando piezas que dialogan con la cultura y el territorio. La ciudad y sus comunidades artesanas se han convertido en un laboratorio creativo: cada encuentro, cada técnica y cada color enriquecen mi práctica y refuerzan el sentido de lo colectivo. Aunque mi trayectoria siempre estuvo ligada a la excelencia y al lujo, en Yucatán entendí que el verdadero lujo es otro: estar cerca de la naturaleza y respetar el paso del tiempo.
Si no te dedicaras a hacer lo que haces hoy, ¿a qué te habría gustado dedicarte?
Antes de estudiar diseño, cursé la carrera de cocina y trabajé en un restaurante en Buenos Aires. Fue una experiencia muy enriquecedora y formadora, que me enseñó a valorar la disciplina, la precisión y la creatividad dentro de los procesos manuales. La cocina ocupa un papel primordial en mi vida, y su influencia se refleja en mi forma de trabajar: la atención al tiempo, la combinación de elementos y la experimentación con materiales y colores.
Imaginando que eres una silla, ¿qué diseño te representaría mejor y por qué?
Mis asientos preferidos son los cojines de piso, también conocidos como pufs marroquíes. Provienen de la tradición artesanal de Marruecos donde la vida ocurre cerca del suelo: son asientos flexibles, hechos a mano con textiles tradicionales, muchas veces a partir de kilims o tejidos bereberes reutilizados, lo que les da una identidad única. Al estar hechos casi enteramente de textil, colocan al tejido en el centro. Me interesa especialmente la proporción y la variabilidad que permiten, cómo transforman un espacio y ofrecen distintos usos, como asiento o reposapié sin perder su carácter decorativo.
Si pudieras encargarle una pieza a cualquier creador (no importa la época), ¿a quién sería y qué le pedirías?
A Sonia Delaunay le encargaría vestidos, por su manera pionera de unir arte, color y geometría, llevando la abstracción al cuerpo como una extensión de la pintura. A Elena Izcue, accesorios: por traducir motivos prehispánicos a un lenguaje moderno y elegante, tendiendo un puente entre tradición y diseño. Y a Anni Albers, tapices, por transformar el tejido en un medio artístico autónomo y explorar materiales, estructura y ritmo desde una mirada profundamente contemporánea.


